Por qué el turismo no puede ser sostenible

Paisaje con lago

Todas las semanas, los gerreristas que componemos el equipo de SenderosGR nos plantamos ante artículos de publicaciones generalistas y especializadas que hablan del turismo sostenible; del genial incremento de usuarios en prácticas deportivas relacionadas con el entorno rural, de la creación de nuevas rutas por el medioambiente, etc. Estos artículos suelen responder a dos patrones de articulista, a cada cual peor.

Cuando una persona escribe un artículo sobre el boom del deporte de montaña y del turismo rural, y emplea una adjetivación positiva que culmina en la conclusión de que estas dinámicas desembocan en la práctica de un turismo sostenible, sucede que, o bien es un mercenario de la maquinaria económica del turismo (sector servicios), o bien es subnormal. El primero actúa así porque sus clientes buscan presencia en internet para tener ventaja en la contratación de los servicios, y con la connivencia de agencias publicitarias y otras empresas de comunicación, emplean la estrategia cuantitativa de inundar la red con artículos positivos que atraigan consumidores a negocios cuya actividad se desarrolla en entornos rurales. En un momento histórico en el que vivimos en el que sólo ya un nazi o un retrasado puede negar que el planeta se va a hacer puñetas y por nuestra culpa, para vender cualquier actividad de consumo, el articulista le añade, como moda, la ‘etiqueta verde’; vamos que, o es ecológico, o es sostenible que te cagas. Y aquí paz y después gloria.

Pero el preocupante es el segundo sujeto; el que escribe esos artículos convencido de que lo que pone negro sobre blanco es verdad. O sea, el subnormal. ¿Por qué es preocupante? Porque el malvado descansa, el tonto no. A mínimo que alguien emplee los recursos de que estamos dotados los humanos para el pensamiento lógico, la conclusión que puede extraer sobre los conceptos ‘turismo’ y ‘sostenible’ es que no se pueden maridar. Porque es insostenible que todos nos lancemos como bestias a la montaña a hacer carreras un día sí y otro también; como lo es la proliferación interminable de senderos (pequeños y grandes), caminos naturales y vías verdes que surcan sin piedad el entorno etnográfico de España. Es insostenible que nos pongamos todos a escalar como locos, arropados por toda clase de artilugios y vestuarios de lo más tóxico para el medioambiente; y lo es también la inagotable facilitación logística para picnic y barbacoas familiares por todo el territorio. Ni colocando la etiqueta de ecológico tiene un pase.

Tenemos un serio problema de superpoblación mundial. Bueno, lo tiene el planeta, porque nosotros somos el problema en sí. Y que cambiemos el apartamento en La Manga por una casa rural en El Nerpio, no revierte la persistente inercia hacia el abismo al que estamos conduciendo La Tierra. Porque los valores positivos del turismo se miden en función del crecimiento, concretamente del crecimiento económico (se habla en positivo de “crece el turismo rural”); cuando lo sostenible para el planeta pasa por el decrecimiento y la estrangulación del consumo. Los capitalistas, los de verdad, lo saben bien. Por eso invierten cantidades ingentes en los mercenarios del primer grupo (SEO, SEM, etc.). Lo lamentable son todos esos progres que consideran que su huella ecológica es cojonuda porque se van a subir el Annapurna, y no a tomarse sardinas en un chiringo de Málaga. Lo lamentable es que ninguno de éstos se subleve contra el constante abandono de las infraestructuras puestas en marcha para actividades en la naturaleza, y la persistencia paroxística de la cultura del usar y tirar, que lleva a infinidad de administraciones controladas por oligofrénicos a sepultar iniciativas como los GR-9, GR-21, y otros muchos más, en detrimento de otros nuevos caminos en los que hacerse la foto y cobrar alguna subvención europea. Turismo o sostenibilidad. Hay que elegir.

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