El pino carrasco: ¿un vecino incómodo?

Durante décadas hemos repetido una idea casi incuestionable: plantar árboles es siempre una buena noticia. Y en esa misión de “verdear” el paisaje mediterráneo, el pino carrasco (Pinus halepensis) se convirtió en nuestro gran aliado. Rápido, resistente, poco exigente. El candidato perfecto.

Lo plantamos en laderas erosionadas, en antiguos campos abandonados, en montes castigados por el fuego. Y creció. Vaya si creció.

Hoy cubre miles de hectáreas y forma parte inseparable del paisaje. Pero conviene hacerse una pregunta incómoda: ¿hemos llenado nuestros montes de un salvador… o de un ocupante demasiado eficaz?

Porque cuando el pino carrasco domina sin competencia, el bosque cambia.

El campeón que nadie cuestionaba

El éxito del pino carrasco no es casualidad. Está diseñado para sobrevivir donde otros fracasan: suelos pobres, sequías prolongadas, insolación extrema. Coloniza rápido, germina con facilidad y se instala en terrenos degradados como un pionero infatigable.

Durante gran parte del siglo XX fue la especie estrella de muchas repoblaciones forestales en el ámbito mediterráneo. Era barato, crecía deprisa y “hacía verde” en pocos años. Frente a la erosión y la desertificación, parecía una solución lógica.

Y en muchos casos lo fue. El problema empezó cuando la solución se convirtió en receta universal.

Cuando el verde no significa bosque

Un monte cubierto de pinos puede resultar visualmente reconfortante. Pero un bosque no es una postal verde: es diversidad, estructura, mezcla de edades, claros, matorral, árboles distintos compitiendo y cooperando.

En pinares densos de pino carrasco, la luz apenas alcanza el suelo. Las acículas se acumulan año tras año formando una alfombra continua. Las especies más exigentes desaparecen o no logran establecerse. El mosaico mediterráneo —encinas, matorral aromático, pastos, pequeños claros— se simplifica.

Y simplificar un ecosistema casi nunca lo hace más fuerte. Paradójicamente, en nombre de la reforestación, en ocasiones hemos empobrecido la complejidad natural del monte.

El fuego: menos incendios, pero más difíciles

Conviene desmontar otro tópico: no siempre hay más incendios que antes. En muchos territorios mediterráneos, el número total de fuegos se ha estabilizado o incluso reducido respecto a décadas pasadas gracias a mejores sistemas de vigilancia y extinción.

El problema no es tanto cuántos incendios hay, sino cómo arden.

Hoy tenemos masas forestales más continuas, más densas y con mayor acumulación de combustible vegetal debido al abandono rural, la pérdida de la ganadería extensiva y la ausencia de gestión. A eso se suman sequías prolongadas y olas de calor más intensas.

El resultado es conocido: cuando el monte prende, lo hace con mayor virulencia. Surgen los llamados grandes incendios forestales, difíciles de controlar incluso con medios aéreos y tecnología avanzada.

El pino carrasco está adaptado al fuego. Algunas de sus piñas liberan semillas tras el calor intenso. Desde el punto de vista evolutivo, es una estrategia brillante. Pero una cosa es adaptarse al fuego natural y otra muy distinta es formar parte de paisajes continuos y sobrecargados donde el incendio se convierte en un fenómeno extremo. El árbol no prende solo. Prende un sistema homogéneo y mal gestionado.

El vecino que no sabe marcharse

El pino carrasco es, por naturaleza, una especie pionera. Debería ser el primer paso en la recuperación del suelo, facilitando con el tiempo la llegada de otras especies más longevas y estructuralmente complejas.

Pero si no hay gestión, si no se favorece la diversidad, si no se crean claros y discontinuidades, el pinar puede perpetuarse durante décadas como sistema casi exclusivo. No invade por maldad, sino por eficacia. Y esa eficacia, sin límites, termina desplazando el equilibrio.

Fotografía de Nacho Redondo

¿Expulsarlo? No. Asumir nuestra responsabilidad

Sería fácil convertir al pino carrasco en villano. Pero sería injusto. Ha protegido suelos, ha frenado la erosión y ha devuelto cobertura vegetal a montes degradados.

El error no es del árbol. El error, si existe, es humano: repoblaciones uniformes, ausencia de gestión posterior, abandono del territorio y una idea simplista de que más árboles siempre significa mejor bosque.

La clave no está en erradicarlo, sino en intervenir con inteligencia: clareos selectivos, introducción de otras especies autóctonas, recuperación del mosaico agroforestal y reducción activa del combustible acumulado.

Porque un bosque sano no es el que más árboles tiene. Es el que mejor funciona.

Entonces… ¿vecino incómodo?

Quizá el pino carrasco solo resulte incómodo cuando le dejamos ocuparlo todo.
Cuando sustituye la diversidad por uniformidad. Cuando confundimos cantidad con equilibrio.

No tenemos necesariamente más incendios. Tenemos incendios que ya no se pueden apagar con facilidad. No tenemos menos árboles. Tenemos, a veces, menos bosque en el sentido ecológico del término.

El pino carrasco no es ni héroe ni culpable. Es el espejo de cómo hemos gestionado el territorio. Y tal vez la verdadera pregunta no sea qué hace él en nuestros montes, sino qué modelo de paisaje queremos construir a partir de ahora.

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